domingo, 1 de marzo de 2015

Miranda, disciplina y revolución

Samael Najúl
najul_s@yahoo.com.mx

Generalísimo y grande entre los grandes, Miranda. Se alza como un titán que, de Marruecos a Pensacola, de Valmy a Caracas, enfrentó con valor, los retos que las condiciones materiales históricas le impusieran, para convertirlo en el americano más universal de todos los tiempos: El Precursor.

Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, nació el 28 de marzo de 1750, en lo que ahora se conoce como República Bolivariana de Venezuela. Hijo del canario Sebastián de Miranda Ravelo y de la caraqueña Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza. Su infancia transcurre en la Caracas monarcal de mitad del XVIII. Una provincia supersticiosa y dominada intelectualmente por la escolástica, fuertemente condicionada por el rigor de la Santa Inquisición española, el racismo y la esclavitud.

Desde joven Miranda aprendió de la manera más vil lo que el prurito mantuano le reservaba a los que pensaban que, por ser blancos, el imperio les aseguraba como súbditos de la corona hispana, una igualdad de derechos y privilegios de casta. El rechazo de esa estirpe a la que Herrera Luque llamara, los Amos del Valle, le perseguiría hasta el final de sus días y ese sabor amargo y de desconfianza al ver las tropelías e injurias cometidas contra su padre, no le permitirán contar entre otros factores,
con el favor de la godarria provinciana, como tampoco perdonaran su ilustre notoriedad mundial, por considerarlo un advenedizo oportunista, un igualado, un blanco de orilla.

Miranda entre otras hazañas en su amplio periplo mundial, participó y no en calidad de mero espectador, en los tres acontecimientos más relevantes de su época y que cambiarían el reordenamiento geopolítico mundial, perfilándolo hasta nuestros días (Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, la Revolución Francesa y la Independencia Hispanoamericana).
Obtuvo los grados militares de: Coronel del Ejército Español; Coronel del Ejército de los Estados Unidos; Héroe de la Revolución y Mariscal de Francia; Coronel del Ejército Ruso; así como el de Generalísimo y Almirante del Ejército Venezolano.

Hombre moderno de sus tiempos y perseguido implacablemente por la Inquisición fue entregado a Monteverde el 31 de julio de 1812 por Bolívar tras la capitulación de Puerto Cabello, con la cual se perdió la Primera República. Fue connotado políglota, libre pensador, político y filósofo, un estratega militar insuperable. El convencido francmasón se relacionó con personajes de San Martín, O' Higgins, Sucre, Napoleón, Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia, Washington, La Fayette, Potemkin, Andrés Bello, William Pitt, Wellington y Dantón, entre otros. Su nombre está grabado en el Arco del Triunfo de París, su estatua erigida frente a la del General Kellerman en el campo de Valmy y su retrato se exhibe en el Palacio de Versalles.

El 12 de marzo es creada por Miranda la bandera tricolor y el 3 de agosto de 1806 en La Vela de Coro, toma el fortín y la misma es izada por vez primera en el suelo patrio. Su legado político permitió a las colonias hispanoamericanas ver el Sur de sus destinos, como naciones libres. Su proyecto más logrado pero inacabado, fue la visión más ambiciosa y deslumbrante pensada para nuestra América, su Colombia. El venezolano que, con sus ideas a manera de ariete abrió el camino que desató las cadenas del yugo imperial hoy está más vigente que nunca, cuando la bota del yanqui agresor pretende mancillar su legado. Su fuerza, disciplina y lucidez, se erigen en un portento que llamamos Nación y en los actuales momentos sigue marcando el Sur, arropado de Revolución.

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